Por José Hilario López

Entre los grandes proyectos de infraestructura anunciados por el Gobierno del presidente Gustavo Petro se destaca la idea de unir por vía férrea a Turbo en el Urabá Antioqueño, dónde se está construyendo un puerto en el Atlántico (Puerto Antioquia), con Bahía Cupica en el Pacífico (Ver Mapa).

En rojo: Proyecto férreo Bahía Cupica-Turbo.

El proyecto férreo Turbo- Bahía Cupica (PFTC), de acuerdo con información disponible de la Unidad de Planeación de Infraestructura de Transporte, se encuentra en etapa de prefactibilidad y consistiría en una línea férrea de 198 kilómetros, 11 de ellos en túneles, una longitud en viaductos de 132 kilómetros, entre ellos un puente sobre el río Atrato, apto para una operación de 16 trenes por día.  

Este proyecto férreo surgió desde finales de la década de los 80 en el Gobierno del presidente Virgilio Barco. En el año de 1997, en el Gobierno del presidente Ernesto Samper, se concluyó que el entonces denominado canal seco estaría compuesto por un ferrocarril de 180 kilómetros de longitud y dos puertos: uno en Boca Tarena, en la costa occidental del Golfo de Urabá sobre el mar Atlántico, y el otro en la Bahía de Cupica sobre el Océano Pacífico.

El canal seco Barco-Samper se concibió para complementar el Canal de Panamá que en aquella época no permitía el paso de buques Post Panamax, deficiencia corregida con la ampliación del canal en el año de 2016, una iniciativa del gobierno panameño que se empezó a discutir desde los inicios del nuevo siglo. Muy seguramente, la noticia de la futura ampliación del canal de Panamá y las afectaciones a los ecosistemas del Darién, una de las regiones biodiversas más ricas del continente, sepultaron el proyecto Barco-Samper.

Desde principios del presente año, la sequía prolongada causada por el Fenómeno Niño obligó a la Autoridad del Canal de Panamá a reducir el calado de 15 metros a 13, lo que significó menos carga en los buques y disminuir de 36 a 32 la cantidad de barcos que transitan diariamente por la vía interoceánica. Esta situación animó al gobierno del presidente Petro a revivir el proyecto férreo Cupica-Urabá, con un terminal atlántico en Puerto Antioquia (Turbo), cuyo calado alcanza los 14 metros de profundidad, lo que dificulta el acceso de barcos Super Post panamax. En Bahía Cupica sería necesario construir un puerto de aguas profundas.

El PFTC del Gobierno Petro demandaría una inversión de más de $25 billones de pesos para la construcción de la línea férrea de 198 kilómetros de longitud. Adicionalmente, se estima una inversión de $359 millones de dólares para la adquisición de las 24 locomotores y de otros $341 millones de dólares para construir el puerto en Cupica. 

El PFTC todavía tiene que surtir la fase de factibilidad, requerida para llegar a los diseños definitivos de la obra, antes de entrar en la etapa de construcción. Se puede anticipar que de ser factible el proyecto, su operación comercial no se iniciaría antes del año 2040.

Como parte esencial del estudio de factibilidad del PFTC será necesario evaluar la competencia que le significaría la habilitación del Ferrocarril de Panamá (FP) para, durante las temporadas de sequía, complementar el canal del mismo nombre. El FP fue inaugurado en 1855 y todavía hoy está operando para transbordar parte de la carga que utiliza el Canal de Panamá, transportada por barcos Super Post panamax.

El FP cuenta con una línea férrea de 75,6 kilómetros, un 160% más corta que el PFTC, que conecta los puertos de Balboa (Océano Pacífico) y Colón (Océano Atlántico), paralela y muy cercana a la ruta del Canal de Panamá.

Un informe del 29 de febrero de 2024 de Container xChange indica que el Ferrocarril de Panamá es una opción para el transbordo intermodal de contenedores, para afrontar la sequía que hasta hace poco afectó la operación del Canal de Panamá (https://www.panamaamerica.com.pa/economia/ferrocarril-se-convierte-en-opcion-intermodal-tras-sequia-en-canal-1232750).

En el citado informe, Container x Change recalca que el Ferrocarril de Panamá es la gran alternativa para complementar el Canal de Panamá durante las temporadas de sequía y que, además, ofrece una forma segura de transbordar envíos urgentes o de alto valor. «El transporte ferroviario ofrece una opción confiable, asequible y eficiente para mover carga en medio de las difíciles condiciones del canal. Dado que la sequía ha reducido el número de barcos que cruzan el canal, el ferrocarril viene al rescate ofreciendo una forma más barata y rápida de transportar carga», concluye la referida publicación.

El canal seco Buenaventura – Urabá

La carretera Buenaventura-Urabá es el verdadero canal seco que conecta los océanos Pacífico y Atlántico, y que Colombia debe, a la mayor brevedad, terminar de construir como una vía de buenas especificaciones, A esto debe agregársele el dragado de profundización del canal de acceso al puerto de Buenaventura. Esta conexión es el proyecto prioritario que requiere Colombia, antes de empeñarse en el ambicioso proyecto férreo Bahía Cupica–Turbo, cuya factibilidad económica y ambiental, de entrada, parecen dudosa.

La conectividad entre Buenaventura, el puerto marítimo más importante de Colombia por donde se moviliza cerca del 50% de las exportaciones e importaciones y Puerto Antioquia en Urabá, que entrará al servicio en 2025, tiene tal trascendencia como que Colombia deje de depender del Canal de Panamá. Para que así sea, es requisito terminar la vía Pacifico 1, que comunica el valle de Aburrá con Bolombolo en el río Cauca, el Túnel del Toyo y sus accesos, así como la carretera en doble calzada Buga Buenaventura.

Con una carretera de buenas especificaciones entre Buenaventura y Puerto Antioquia, el tiempo de recorrido para un tracto camión será de unas diez horas, casi el mismo tiempo que se toma el Canal de Panamá para transitar un buque entre los dos océanos. 


Carta #10: Polaroids para frenar el tiempo
Un mes onírico y oracular. Encontré un 8 de trébol. Comencé con mi Podcast

Por Andrez Díaz, Periodista

Hola desde Essen

¿Cómo estás? Por acá es una primavera húmeda y ventosa. Hace unos días salí en la bici y tuve que frenar para que pasaran dos personas mayores de edad. Durante esos minutos volaron un montón de hojitas secas y lo sentí como un momento muy American Beauty de la bolsa de plástico flotando en el viento. Después seguí pedaleando y me empezó a granizar en la cara. Hace varios días que no para de llover.

Me siento más presente que antes y eso me gusta. Estoy cambiando ciertos hábitos de los que no podía desprenderme. Ya no duermo con el teléfono al lado de la cama, para que no sea lo último que miro antes de ir a dormir y lo primero que miro cuando me despierto (lo dejo cargando en la sala de mi casa). Quizá no parezca un dato importante, pero en mi batalla personal contra el uso excesivo de pantallas, me parece un gran avance. Lo bueno de tener el teléfono lejos es que, si no lo veo, me olvido de su existencia, y eso me ayuda a invertir mi poco tiempo libre en otras actividades, como leer, journalear, escibir y aprender aleman. El tiempo sin teléfono me parece un tiempo más ancho, más lento, más tranquilo. Me siento más consciente de mis elecciones, lo cual no quiere decir que de vez en cuando no caiga en las garras de Instagram o youtube —o de webs de papelería japonesa… ejemplo—, pero ya no tanto como antes.

Últimamente veo el paso del tiempo como nunca. Mi bebé ya casi camina. Fui testigo de cómo en pocos meses aprendió a darse vuelta, a sentarse, a arrodillarse, a gatear y a pararse solo. ¿Qué cambios habré tenido yo en estos meses? ¿Si alguien me hubiese observado de cerca, con la misma atención que yo observo a LG, a qué conclusiones llegaría? (me guardo la pregunta para journalear al respecto más tarde). Ahora sí que veo cómo el tiempo avanza y no frena, como un viento que sopla siempre en la misma dirección. A veces me parece que hay días en los que no pasan cosas, pero después me siento a journalear y digo ah, pasó de todo, por más mínimo que sea. Un highlight de mi mes es que tengo una nueva adquisición (y ahora entiendo clarísimo por qué): en mi afán de querer frenar el tiempo aunque sea por unos segundos, me compré una cámara estilo polaroid (la Instax sq6 de Fujifilm, que saca fotos cuadraditas). Me hace acordar a cuando sacaba fotos con cámara analógica, hace muchos años. Todavía tengo algunas fotos impresas de esa época: una gata acostada en la vereda jugando con sus gatitos, tres reposeras sin personas en una orilla, la vista al mar desde un monte. Si las miro hoy, esas fotos me cuentan una historia, me hablan acerca de lo que me interesaba, acerca de lo que miraba y me llamaba la atención. Si miro ahora las 10.000+ fotos que tengo guardadas en mi teléfono no siento el mismo efecto. No hay síntesis, me siento abrumada. ¿Quién tiene tiempo de mirar 10.000 fotos? ¿Por qué sacamos tantas fotos?

Con la Instax nueva, en cambio, saqué muy pocas fotos, pero siento que parte de la gracia de tener una cámara instantánea es esa: pensar la foto, buscarla, preguntarme si realmente quiero gastar el poco papel que tengo en esa imagen (cada rollo trae 10 fotos y termina costando casi un euro la foto). Cuando veo algo que quiero fotografiar, me pregunto: ¿pagaría por esta foto?, y eso ya me sirve de filtro. Y pienso que quizá ahí esté la clave, no en lo que queremos que nos paguen por hacer, sino en lo que nosotros pagaríamos por hacer (en este caso, por fotografiar, y también, por qué no, por escribir). “¿Pagaría por escribir este texto?” sea quizá una buena pregunta para darnos cuenta de qué es lo importante y en qué sí pondríamos nuestro tiempo de escritura.

Hablando de polaroids (y nada que ver con nada), una vez tuve un sueño al que titulé “Polaroid de sueños anteriores”, porque fue como en escenas, y al final de cada escena aparecía una persona mostrándome una foto polaroid que me resumía el sueño anterior. Me acuerdo que escribí acerca de eso para un taller de escritura creativa que estaba cursando, fue hace como 6 años, y ahora que tuve una foto polaroid en la mano me acordé. Este mes lo siento muy onírico. Volví a soñar (o a recordar mis sueños) después de mucho tiempo. Soy una persona que sueña mucho, tengo cuadernos de sueños y debo tener más de 150-200 sueños escritos desde hace unos 10-15 años, pero durante el embarazo solo soñé dos veces, y los primeros meses de posparto soñé, pero no me acordaba de nada cuando me despertaba. Ahora estoy empezando a recordar. Soñé que tenía una reunión familiar y todos traían frutas de regalo. Había un orangután de 43 libras esterlinas. Soñé que me subía a un barco para ir de visita a Colombia (un shopping en Medellín, muy cerca de donde crecí) y terminaba en un país árabe. Soñé que estaba en el Caribe y me olvidaba de ir al mar. Soñé que mi mamá se robaba un cochecito de la marca Stella McCartney. Soñé que un ascensor me dejaba en Berlín en los años 60. Soñé que volvía a casa por un camino de tierra y que había mucha gente adentro porque mi casa era de bar. Soñé que aparecía en un negocio japonés y la dueña me regalaba un pañuelo haciendo una reverencia, yo hacía una reverencia también y agarraba el pañuelo con dos manos. Soñé que una amiga me mandaba sus cuadernos por fax.

También siento que este mes hay como un oráculo en el aire, porque todo el tiempo encuentro mensajes random en lugares inesperados. Por ejemplo, hace unos días me llegó un mail y cuando leí el asunto medio rápido vi “A new Aniko Villalba is available” (entremedio decía “tax invoice”, pero algo de mi cerebro se salteó esas palabras). Una amiga de cuba me mandó un mensaje que decía “este es el mar que usan los chicos debajo de su futón” (quizo decir “mat”, pero me gusta mucho más la versión “fallida”). Además, encontré un 8 de trébol en la calle, y hace mucho que no encontraba naipes tirados por ahí. Al parecer (acabo de googlear), el 8 de trébol es una carta muy favorable en la cartomancia: representa la buena suerte y las oportunidades (“es una carta que nos anima a confiar en nuestras habilidades y talentos para lograr nuestros objetivos”).Siempre me gustó sentir que el mundo me tiraba las cartas.

También encontré un oráculo de mi yo del pasado en mi propia casilla de mail. Fue así. Hace unas semanas hice algo que no hacía hace años: subí un post a uno de mis blogs. Nadie me lo encargó y ni sé si alguien lo habrá visto, pero me sentí impulsada a hacerlo. Es un post que forma parte de mi Ruta de las papelerías por el mundo, pero en este caso versión papelerías online (en el PD te dejo enlace). Eso me hizo pensar en cuando blogueaba, y me acordé de que allá por el 2007 tuve un blogspot en el que subía textitos desde el trabajo, cuando todavía estaba en la universidad. Quise verlo pero no podía acordarme del nombre ni la URL, así que se me ocurrió googlear dentro de mi propia casilla de gmail y lo encontré, y en esa búsqueda encontré un email del 2009 que me había mandado a mí misma con el asunto “mis tweets”. Era una lista cortita de cosas que tuiteé en el 2009, o antes, y que por algún motivo me quise enviar a mí misma. Entre los tuits de la lista estaba este: Estambul, la ciudad que me persigue. ¿Será que mi destino está allá?”. Y pensé CHAN. De alguna manera, mi destino (o el de LG, SG,y JG) sí estuvo ahí (ver Carta #8).

Y volviendo a las fotos instantáneas, porque todo se conecta, algo que me gusta mucho de ese tipo de cámaras es que las fotos salen como salen, y las imperfecciones las hacen aún más únicas. Hay fotos que salen movidas, otras sobreexpuestas, otras demasiado oscuras, otras mal enfocadas, otras mal encuadradas, pero no importa, todas fueron intentos y son justamente un reflejo fiel de un momento preciso. Me gusta no saber cómo va a ser la imagen final hasta que se empieza a revelar de a poco: esos segundos en los que el papel pasa de ser blanco a empezar a tener contornos oscuros me parece mágico. Y hay un paralelismo absoluto con la escritura que la autora Anne Lamott menciona en su libro (recomendadísimo) Bird by bird: “Writing a first draft is very much like watching a Polaroid develop. You can’t—and, in fact, you’re not supposed to— know exactly what the picture is going to look like until it has finished developing.” (“Escribir un primer borrador es muy parecido a mirar cómo se revela una Polaroid. No puedes —y, de hecho, no deberías— saber exactamente cómo va a ser la imagen hasta que se haya terminado de revelar.”) Me gusta mucho adoptar esa mentalidad para escribir borradores, y siento que aplica muy bien a los ejercicios de escritura cronometrada. Y, hablando de eso, paso a contarte una novedad que me da mucha felicidad.

Impulsada por ese 8 de trébol empoderador (?) que apareció en mi camino. Comencé con mi Podcast en la próxima carta te contaré más sobre esto.

Antes de despedirme, te dejo tres cosas:

– Una recomendación: el libro Bird by bird – Some instructions on writing and life, de Anne Lamott (está en español).

– Un ejercicio: hacé de cuenta que tu cámara tiene un rollo con una cantidad limitada de fotos. Sacá solo tres fotos hoy, pero elegilas bien (podés sacar una a la mañana, una a la tarde y una a la noche, por ejemplo). Después, si querés, elegí una y escribí al respecto, o escribí acerca de la foto que decidiste no sacar.

– Dos preguntas: ¿cuál es el texto que pagarías por escribir? ¿A vos también te apareció un oráculo en algún lugar inesperado?

Te mando un abrazo y hasta la próxima carta,

Andrea.


Oda a la Alegría

Por Oscar Moreno Moreno
“Abrazos millones de hermanos. Que este beso envuelva al mundo entero”.

Viena, 7 de mayo 1824. Príncipes y nobles, toda la crema de la aristocracia y la élite cultural vienesa se congregaron en el Teatro Imperial y de la Corte Real de la ciudad para lo que sería un evento extraordinario, el estreno de la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven.

La expectativa no era tal sólo porque hacía tiempo que el compositor y director no producía una sinfonía, sino porque no había aparecido sobre el escenario en 12 años. Pero ahí estaba el gran maestro, en el podio, frente a una de las mayores orquestas jamás reunida para un concierto como ningún otro, que incluiría algo inédito en este género musical: la voz.

De espaldas al público, Beethoven dirigió a los músicos con una pasión desenfrenada, sacudiendo su cuerpo y agitando sus brazos al compás de la música. Tan ensimismado estaba que al final de la pieza continuó gesticulando, hasta que una de las solistas que le ayudaban en la dirección, se le acercó y le dio la vuelta para que pudiera ver los estruendosos aplausos que no podía escuchar. Para entonces, Beethoven estaba profundamente sordo.

Desde muy joven, poco a poco fue perdiendo su capacidad auditiva. Ya estando muy avanzada la sordera, el músico portaba siempre consigo una pizarra y una tiza, o un cuaderno, para que las personas escribieran lo que querían decirle, pero se desesperaba. Esto lo llevó a ser un tipo mal genio e irascible.

Notando que nadie lo entendía ni lo quería ayudar, Beethoven se retrajo y se aisló. Por todas esas razones, el compositor cayó en una profunda depresión, hasta el extremo de llegar a redactar un testamento diciendo que se iba a suicidar.

Pero como ningún hijo de Dios está olvidado, le vino la ayuda divina a través de una chica ciega, que vivía en la misma pensión pobre, a donde se había mudado. Alguna vez y en un estado insoportable, esa chica le dijo casi gritando: “¡Yo sería capaz de darlo todo por ver una noche de luna llena!”

Al escuchar esto, reaccionó y se emocionó tanto que terminó llorando. Por lo menos, él podía ver. Él podía escribir su arte en las partituras. Recuperó la voluntad de vivir. De esta experiencia, dicen, compuso su famoso Claro de Luna. Años después, luego de haber superado la crisis existencial por la que había atravesado, vendría entonces el incomparable Himno a la Alegría, de la Novena Sinfonía, que corona la misión de ese notable compositor, ya totalmente sordo.

Himno a la Alegría, expresa su gratitud a la vida y a Dios, por no haberse suicidado.

El 7 de mayo de 1824, Ludwig van Beethoven estrena su Novena y última sinfonía, llamada Coral, en Viena, ayudado por una concertista que le llevaba los tiempos desde la concha del apuntador. Aunque esa vez dirigió la orquesta, no pudo escucharla ni tampoco oír los aplausos frenéticos del público en el Teatro de la Corte Real. Tuvieron que ayudarle a dar la vuelta para que viera al público que con vivas y aplausos aclamaba al maestro.

Haga clic en la siguiente dirección:
https://www.youtube.com/watch?v=sxh1Y0q4lT8&list=RD_eLU5W1vc8Y&index=3

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Al borde del precipicio

Compartido por Germán Botero

Juan Carlos Echeverry[1]

De las muchas malas semanas de estos dos años, la que acaba de pasar fue la peor, por el colapso final del sistema de salud. Significa el triunfo de la incompetencia sobre la diligencia, de la ignorancia sobre el análisis, de la soberbia sobre el servicio al público, de la irresponsabilidad sobre la seriedad, del caos sobre el orden. La salud de 50 millones de colombianos queda en manos equivocadas. ¿Cómo llegamos aquí?

1. La plata empezó a faltar de tiempo atrás en el sistema de salud, porque los jueces y la Corte Constitucional, y algún ministro de salud más generoso que riguroso, decidieron que todos los tratamientos (o casi todos), y todos los medicamentos (o casi todos), debían ser cubiertos por el sistema.

2. Además, que no debía haber diferencia entre los que pagaban (sistema contributivo) y los que no (subsidiado).

3. El sistema fue víctima de su propio éxito, pues en los últimos 20 años la demanda de servicios por habitante aumentó casi 40%, esto es, la frecuencia de uso por cada colombiano. La gente confiaba en el sistema, y éste gozaba de buena reputación. La consecuencia fue un exceso de demanda que disparó los costos versus lo que se había planificado.

4. Desde principio del siglo la población empezó a envejecer más aceleradamente y a ser más longeva de lo que contemplaron los demógrafos. Con menos jóvenes y más viejos, el sistema reveló que los costos crecientes no se podían satisfacer con los aportes contemplados. El hueco fue cubierto con impuestos.

5. Luego surgió el problema de validación de facturas, retrasos en los reconocimientos de los tratamientos efectivamente realizados, de lo que se derivó buena parte de los problemas de caja de las aseguradoras (EPS) y las prestadoras (IPS).

6. En salud, a diferencia de otros sectores, el cambio tecnológico, en lugar de abaratar costos, los aumentó. Es particular, los nuevos medicamentos más que las cirugías u otras tecnologías. A raíz de la propiedad intelectual, los medicamentos nuevos contra el cáncer, el Alzheimer, etc., han incrementado el costo de la salud en todo el planeta. Dado que en Colombia los jueces decidieron dar todo a todos, esto repercutió en insostenibilidad financiera.

En esas estaba el sistema de salud cuando llegó el COVID, que puso a prueba el sistema, y poco después, el actual gobierno. Superamos la prueba del COVID, pero el Petrismo resultó ser un desafío imposible. La animadversión con un sistema que combinaba agentes privados y públicos llevó al gobierno a tomar una serie de decisiones desacertadas:

a) No aumentó el monto del pago por afiliado para las EPS. Los cálculos muestran que el incremento con la tasa de inflación de 2022 y 2023 fue menor que el de los costos de salud.

b) No hizo los pagos de los llamados “Presupuestos Máximos” (PM, una cantidad adicional pequeña por afiliado a la EPS para cubrir servicios no cubiertos por el plan de beneficios); en octubre de 2023 la Corte Constitucional ordenó hacerlo, pero incluso entonces, el gobierno no pagó el monto total adeudado.

c) Retuvo dineros adeudados a las EPS, especialmente por pagos y servicios prestados durante la emergencia del COVID.

d) Reasignó a las mejores EPS muchos pacientes con enfermedades crónicas (Salud Total, Sanitas y Sura), aumentando sustancialmente su costo, pero no les reconoció mayores recursos.

e) Hizo un cese repentino de la atención a problemas sistémicos represados desde la pandemia, como cirugías, procedimientos y tratamientos de alto costo.

Con esta seguidilla de acciones el Petrismo dio el puntillazo final al sistema de salud. Creer, como hace el gobierno, que remover las EPS resuelve los problemas de fondo es equivocado. Pero sin las EPS aparecen otros problemas:

Desaparece el doliente de los costos y se entra a un periodo de inflación de precios de tratamientos y medicamentos, sin que ningún agente ejerza control. Sería como remover el Banco de la República y rezar para que la inflación no nos ahogue. La auditoría sobre el 15% de las prestaciones la hará la ADRES, cosa que sobrepasa a esa entidad; el 85% restante quedará sin auditoría.

El control fiscal lo deberá hacer cada alcalde (hay 1.120, la mayoría sin capacidad para el efecto), el gobernador o vaya usted a saber quién. En Colombia, a finales de 2023, se prestaban alrededor de 1,1 miles de millones de servicios de salud al año (alrededor de 3 millones por día). ¿Quién va a auditarlos y comprobar que efectivamente fueron servicios prestados? Si el lector imagina que ahí puede surgir una corrupción de proporciones bíblicas, está en lo correcto.

Sin las EPS desaparece el responsable real de la salud de los pacientes. Las propias asociaciones de pacientes piden eso: ¿A quién le vamos a reclamar ahora? Las obligaciones que recaían en las EPS se diluirán entre una telaraña de organismos y empleados públicos, sin que nadie responda, como sucede en la actualidad con la salud de los maestros; mientras la salud de la gente se deteriora, los medicamentos no aparecerán, cosa que ya ocurre, por primera vez en 30 años; no se proporcionarán tratamientos y nadie responderá.

En los próximos cinco a diez años el riesgo fiscal para los contribuyentes puede ser descomunal. En EE. UU., la nación más rica de la tierra y de la historia, no pretenden que todo el mundo debe estar cubierto frente a todo, contra un fondo público. Allá saben que eso es insostenible. Tendría como consecuencia succionar de las empresas y las familias una cantidad de ahorro que es con lo que la economía funciona y crece.

Algo similar pasa con las pensiones. En EE. UU. no pretenden tener un sistema público que pague a todo el mundo una pensión, pues es inviable, inclusive si se cubren los faltantes con impuestos. Se correría el riesgo de ahogar a los hogares y empresas a punta de tributos.

Esos dos sistemas, la salud y las pensiones, que son meritorios desde el punto de vista de justicia social, si están mal diseñados socavarían la capacidad de pago de las familias, las empresas y de la nación como un todo. Se estancaría la economía y se la empujaría a un círculo vicioso de no crecer, perder aún más capacidad de pago, aumentar la deuda, socavar el incentivo para crear riqueza, pues  sería atrapada para esos pagos, ergo no crecer, y así sucesivamente.

Esa es la verdadera definición de insostenibilidad fiscal y económica del país como un todo. Es lo que se trató de evitar en Colombia en 2011 cuando el Congreso aprobó la reforma constitucional de sostenibilidad fiscal. Las reformas de salud y pensiones del gobierno Petro incumplen esa condición. Ni la nación más rica de la tierra se impone condiciones explosivas de costos.

¿Por qué Colombia cree que puede hacerlo? Por falta de pensar a fondo los problemas y falta de decirse las verdades. Por pensar con el deseo y no con la cabeza.

Se llega al borde de un precipicio económico cuando se pide a una entidad, una persona, una familia, una empresa o un Estado algo que física y económicamente no pueden dar de sí. Esto es, pagar: salud + medicamentos + pensión + universidad gratis + vivienda gratis + un predio de 10 hectáreas si es campesino + una plata al mes por hijo + una plata al mes por adulto + una plata para los delincuentes a ver si dejan eso + transporte urbano gratis + Soat gratis + electricidad gratis + agua gratis + lo que se nos ocurra porque este país es muy injusto.


[1]  Este artículo se benefició de discusiones adelantadas en chats donde participan expertos en salud, y de invaluables diálogos con Mauricio Santa María, exministro de salud. Estoy en deuda con todos ellos, sin comprometerlos.