Los determinantes sociales
…diferentes en nuestra época
| El CORREO DE LA ÉTICA Año XXX. No.1.466 19 de octubre de 2026. Circulación gratuita semanal vía e-mail e Internet. “Sé que mis palabras no se perderán” C.K. Servicio de formación para la competitividad humana desde enero de 1997 Premio a la Excelencia Periodística: Ética periodística, Julián Pérez Medina -CIPA 2017- Copyright: Hernán Saldarriaga A. y familia. E-mail: eticacivil@iletica.org.co, eticacivil@gmail.com Sé buen trabajador y honrado. Sé buen servidor público y honrado |
Los determinantes sociales de nuestra época han comenzado a moverse con una velocidad que supera nuestra capacidad de asombro y, en ocasiones, la serenidad con la que intentamos comprender lo que sucede a nuestro alrededor. Las formas de relacionarnos, de trabajar, de aprender y de interpretarnos como individuos se transforman sin pedir permiso, como si una corriente silenciosa nos empujara hacia un territorio donde lo cotidiano adquiere un tono distinto. En medio de ese cambio aparece una presencia tecnológica que ya no es un simple instrumento, sino una fuerza que se insinúa en la salud mental colectiva, en los hábitos que moldean nuestras rutinas y en la manera como concebimos el mundo. Es una creación humana que parece decidida a disputar facultades que durante siglos consideramos exclusivas de nuestra especie.
El hombre, que durante generaciones confió en la lucidez de su inteligencia, en la precisión de sus manos y en la capacidad de transformar la naturaleza, se encuentra ahora frente a un desafío que él mismo ha construido. Esa figura tecnológica que imita comportamientos humanos es apenas la superficie de un cambio más profundo: la posibilidad de que las máquinas no solo ejecuten órdenes, sino que aprendan, interpreten, deduzcan y participen en decisiones que antes dependían de nuestra experiencia, de nuestra memoria y de nuestro criterio íntimo.
Esta transformación ya no pertenece al futuro; se ha instalado en la vida diaria con una naturalidad que sorprende. Está en la medicina, donde los sistemas automatizados acompañan diagnósticos; en la educación, donde las herramientas digitales alteran la manera de enseñar y aprender; y en el trabajo, donde tareas que antes realizaban personas comienzan a ser asumidas por dispositivos que no conocen el cansancio ni la duda. Pero detrás de cada avance hay inquietudes humanas que no pueden ignorarse: el temor de quien siente que su empleo puede desaparecer, la incertidumbre de los padres que buscan preparar a sus hijos para un mundo que cambia más rápido que ellos, y la soledad de quienes descubren que una conversación puede recibir respuesta de una máquina, aunque no necesariamente la calidez que se espera de otro ser humano.
Mucho antes de esta revolución, las máquinas industriales ya habían demostrado su precisión. Luego llegaron los grandes computadores, que se hicieron pequeños hasta caber en la palma de la mano. Ganamos comodidad, rapidez y acceso ilimitado a la información; sin embargo, esta misma facilidad nos obliga a preguntarnos si, al delegar tanto, estamos debilitando la memoria, la concentración y el esfuerzo que exige pensar con autonomía. No se trata de rechazar los avances, sino de reconocer que su uso modifica comportamientos, altera vínculos y redefine la manera como nos relacionamos con el conocimiento y con los demás.
A estas transformaciones se suman las diferencias sociales que determinan quién puede aprovechar las nuevas oportunidades y quién corre el riesgo de quedar rezagado. No todos tienen acceso a la tecnología, ni todos cuentan con la formación necesaria para utilizarla de manera provechosa. Por eso, sus efectos no se limitan al trabajo o a la educación; alcanzan la salud mental, la vida familiar, la convivencia y las posibilidades de construir una existencia digna. Comprender los determinantes sociales de nuestra época exige mirar más allá de las máquinas y reconocer a las personas, sus necesidades, sus temores y las condiciones reales en las que deben enfrentar estos cambios.
El progreso pierde sentido cuando olvida al ser humano. La grandeza no está solo en acumular conocimientos o en desarrollar máquinas cada vez más inteligentes, sino en preservar la conciencia, la voluntad, la empatía y la solidaridad. Ninguna innovación podrá reemplazar nuestra responsabilidad de cuidar al otro, comprender sus dificultades y trabajar por una sociedad donde los beneficios del desarrollo no sean privilegio de unos pocos. La tecnología puede transformar el mundo; que ese mundo sea más justo y más humano dependerá siempre de nosotros.
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