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PREGUNTA DE LA SEMANA

¿Cómo vamos a impedir que el totalitarismo acabe con nuestras libertades individuales ya amenazadas?

Las opiniones expresadas por nuestros colaboradores son de su absoluta responsabilidad


Apreciado Hernán:

Con el gusto y afecto de siempre, le hago llegar este breve artículo de colaboración para El correo de la ética con motivo de su pregunta para esta semana acerca de los peligros propios de los totalitarismos.

UN PROBLEMA SEMPITERNO

Carlos Eduardo de Jesús Sierra Cuartas

Profesor Asociado con Tenencia del Cargo, Universidad Nacional de Colombia Magíster en Educación Superior, Pontificia Universidad Javeriana

En la historia de la humanidad, existen problemas de vieja data. Uno de tantos es la tendencia de ciertos individuos o colectivos en cuanto a querer dominar y controlar a otros para satisfacer sus egos y visiones estrechas, cerradas y distorsionadas del mundo. En otras palabras, los totalitarismos no son un fenómeno del último siglo, sino que es posible rastrearlos a lo largo del tiempo. Por ejemplo, en la antigua Grecia con motivo del régimen nefasto de los arcontes, cuya eliminación por parte de los atenienses una vez se les colmó la paciencia originó la democracia. Así, lo que hicieron los antiguos atenienses procedió en consonancia con el sentido común, el menos común de los sentidos.

Más aún, si reparamos en los cuadros psicológicos de dictadores y dictadoras de diversa pelambre, es fácil apreciar que se trata de tipos y tipas con patentes complejos de inferioridad de una u otra índole, además de un bajísimo cociente intelectual. Y no hace falta apreciar esto en gente como Hitler, Mussolini, Stalin, Franco y demás, puesto que basta con fijarnos en los entornos en los que solemos movernos para apreciar psicopatologías de esa jaez en personas que están al frente de algún puesto o puestito que entraña alguna dosis de poder, salvo por las honrosas excepciones que confirman la regla. Para muestra un botón, lo que cabe llamar como el síndrome del portero, pues, es frecuente toparse con vigilantes y porteros que parecen creerse los dueños del edificio o del lugar. De manera, pues, que cualquier personita con algún vacío psicológico o con un cerebro de hormiga puede darle rienda suelta a la manía por controlar a los demás si tienen la oportunidad para ello. Y, claro está, esto no tiene que ver tan solo con porteros y vigilantes. De hecho, lo vemos también con directores y directoras de sociedades, asociaciones, corporaciones, negocios diversos, dependencias universitarias, etcétera, etcétera. Sin duda, el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente.

Ahora bien, intelectuales de fuste como Carl Sagan, Heinz Dieterich, Marcelino Cereijido, Morris Berman, Noam Chomsky y otros más por el estilo, conscientes de que, desde hace un buen número de años, estamos inmersos en un nuevo período de oscurantismo, son muy certeros al destacar que el mejor antídoto frente a los totalitarismos es la educación de las personas en el modo científico de comprender la realidad. Al fin y al cabo, quien está así formado, esto es, en el buen pensar a la científica, ve con sumo desprecio los dogmatismos y autoritarismos de toda índole. Empero, una cosa es decir y otra llevar a la práctica lo de la educación en clave científica excelsa habida cuenta de que, en los diversos niveles educativos, no abundan los docentes formados en tal clase de pensamiento, así hayan cursado estudios de química, física, biología, matemáticas, ingeniería o alguna otra área tecnocientífica. Con todo, con la minoría de maestros formados y curtidos en dicho modo de pensar, lo cual presupone una sólida formación humanista, es posible proceder en la práctica para crear lo que Morris Berman denomina con tino como zonas de inteligencia. Eso sí, esto no se resuelve de un día para otro, por lo que es menester ser perseverantes al respecto, no desfallecer en todo caso. Junto con esto, conviene no olvidar unas sabias palabras de Santiago Ramón y Cajal, máxima gloria científica por antonomasia del mundo hispano: "De los dóciles y humildes pueden salir los santos, pocas veces los sabios". Ante todo, la ciencia es la única luz que tenemos para sobrellevar la enorme oscuridad que nos rodea hoy día.

Un saludo cordial.
Carlos Eduardo de Jesús Sierra Cuartas.

Definir a qué se le quiere llamar totalitarismo, porque si es a lo que un gobernante elegido democráticamente toma decisiones en su mandato, esto no es totalitarismo sino derecho de gobernante.

Si son las autoridades en su ejercicio de aplicar orden y justicia para todos, está protegido por la constitución, cuando son las únicas constituidas para controlar a todo un pueblo que solo tiene caos en su orden social que atenta contra las libertades y derechos de los demás como son los delincuentes y perseguidos por la justicia, cuando a través del derecho a la protesta los jóvenes aprenden más a romper la justicia tras la imagen del derecho humanitario, cuando el derecho a disentir le da el derecho a desconocer los derechos de los demás, cuando la rebeldía le llaman indisciplina, cuando un estudiante se olvida que es educado para mejor vida y se convierte en guerrillero o delincuente, alcohólico o drogadicto y a eso se le llama libre desarrollo de la personalidad, personalidad al caos y el desorden.

¿ Para que instituciones si desconocerlas, atentar contra ellas con la agresión verbal o física es normativo en el corazón de los ciudadanos?

Acaso estamos contentos con la educación del pueblo que no ha sido capaz de capitalizar en estos momentos el civismo, la solidaridad, el respeto a las normas y leyes de su propio pueblo, acaso estamos contentos con docentes que aún persisten en sus paros sin pensar en la situación real de su país, acaso vemos formación académica en los estudiantes que en vez de pensar en aprovechar el tiempo quieran seguir perdiéndolo en muchos casos parrandeando, drogándose a temprana edad, delinquiendo y no lo digo por todos, pero estoy en un barrio donde no se ve sino eso, docente de grados superiores que solo piensa en beber con quienes son o podrían ser sus alumnos, rompiendo las normas de convivencia y solidaridad.

Juan Carlos Gaviria Hincapié


 

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