RESPUESTAS
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RESPUESTAS A LA PREGUNTA: ¿ÁRBOLES?

¿De qué manera estamos infundiendo respeto y veneración por los árboles en la ciudad?

Estimado Hernán:
Con el gusto y afecto de costumbre, le hago llegar este breve artículo de colaboración para El Correo de la Ética con motivo de su pregunta para esta semana acerca de los árboles en esta ciudad.

CIUDAD SIN HÁLITOS

Carlos Eduardo de Jesús Sierra Cuartas
Profesor Asociado, Universidad Nacional de Colombia
Magíster en Educación Superior, Pontificia Universidad Javeriana

Resulta una píldora bastante difícil de tragar aquella de que los habitantes de Medellín sientan respeto y veneración por los árboles cual rasgo propio de su idiosincrasia. Recordemos una frase terrible del himno antioqueño, harto diciente de la tendencia a deforestar de este pueblo: “El hacha que mis mayores me dejaron por herencia”. O reparemos en lo que suele suceder cada vez que, en espacios públicos, urbanizaciones, empresas, universidades y demás, los jardineros proceden a talar árboles y cortar la hierba, pues, da grima ver como, so pretexto de una supuesta estética, reducen a los árboles a una mínima expresión y los prados quedan cortados tan a ras de la tierra que, de milagro, vuelve a crecer la hierba. Además, tales talas y cortes tan extremos producen de manera inevitable una cantidad descomunal y exagerada de biomasa que termina por descomponerse, generando dióxido de carbono por ahí derecho, un gas de efecto invernadero. Así las cosas, conviene que, desde la administración municipal, se le exija a los jardineros de toda la ciudad no ir al extremo en materia de podas y cortes, una medida que, sin duda, reducirá la huella de carbono de esta ciudad y amortiguará el calentamiento local.
Más aún, conviene recordar lo que solía hacer con sabiduría Francisco de Asís, quien gustaba de ver que la madre naturaleza hiciese lo suyo en la tierra sin la interferencia de la mano del hombre. Esto significa que natura, si la dejamos hacer en un prado, jardín o porción de tierra, tiende a la biodiversidad con el paso del tiempo, situación que contrasta sobremanera con la sosa e insípida uniformidad de los jardines y prados de esta ciudad, tan escasos en especies, tan precarios en biodiversidad, tan exageradamente geométricos, puesto que, a duras penas, solemos ver un puñado de especies entre árboles, arbustos y hierbas, como si a la gente le disgustase o le pusiese nerviosa la biodiversidad propia de Gaia. Es decir, el diseño de prados y jardines en esta ciudad responde a una invencible pereza mental y física, a una burda ley del mínimo esfuerzo. Y, no lo olvidemos, la biodiversidad es el reflejo del carácter sistémico y complejo de la vida. Mientras esto no se asimile, no se incorpore, en la cosmovisión de la población, no podrá hablarse de que hay respeto y veneración hacia los árboles y demás especies vegetales. En otras palabras, cualquier tonto puede coger una pala y sembrar un árbol, pero no todo el mundo es consciente de los lazos que nos unen con el mismo. Para captar mejor esto, baste pensar en esa hermosa, dramática y elocuente película que es Avatar sin ir más lejos, al igual que en la hermosa y elocuente carta del jefe indígena Seattle.
Un saludo cordial.
Carlos Eduardo de Jesús Sierra Cuartas.